miércoles, 10 de febrero de 2010

Well...

Después de una semana salgo de mi trinchera a atacar nuevamente a la gente de una tan intrínseca institución, después de programar y engordar en mi silla programadora, me dispuse nuevamente a subir a un bus repleto, donde encontramos lo mismo de siempre, tanto que a cualquiera haría pensar que este blog se convertirá en algo repetitivo, pero no es así, yo también pensaba que esto seria una rutina y nada mas. Por ello he creado este espacio para hacer ver lo contrario.

Remontando el tema de este último martes, al cual subí a un corredizo pensar; donde estaba tan parado como en una andropausia de sesenta, para un viaje alivianado y mucho más, cuando subió una mujer muy bella que se puso delante mío, en aquel pasadizo prodigioso, al cual esperaba que nunca se levante nadie y que el viaje se convierta en uno hasta el fin del mundo y que aquel titán Atlas nos devuelva a inicios de aquella travesía. Aquella mujer de mi gusto se contorneaba tan excitantemente, para recordar algún foro donde explicaban el muestreo de un punteador profesional, del cual no pude ser (aunque me hubiese gustado serlo). Pero como todo en esta vida se acaba, la mujer bella se despojo del bus; cuando pensaba decirla un pequeño “Hola”, pero la timidez enfermiza que conllevo a diario, solamente me dejo un mirar a un costado para el recuerdo.

Dejando la excitación personal, un personaje librero apareció dando una cátedra bio-analgésica para aquellos que no tienen vicios como yo (fumador empedernido), regando y rogando libros, que los vendía a cinco maracas, el cual pertenecía a un suplemento de un diario conocido; atiborre mi pensar cuando dijo Magaly y empecé a escucharlo como sicario buscando el entender de su seguidilla de asesinatos, fleteaba sobre las personas que compraban su revista al mismo precio e insultaba su concepción del conocimiento humano, al final vende aquellos libros al cual despide un agradecimiento a los que compraron su mercancía, e insultando a los que no.

Al fin un asiento libre al cual corrí apresuradamente y acompañe a un regordete señor que se sentó en las tres cuartas partes de los dos asientos, y con su dulce sueño me impulso a bajar en la Av. Aramburu y caminar como idiota hasta la Av. Angamos.

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