miércoles, 24 de febrero de 2010

Inframundo Caviar

En muchos de estos días estuve pendiente de un caminar sin nada de buses, troté como en alguna vez de universitario –fino- que perdía el trabajo y lo dejaban botado en la enrollable puerta -plop- que tenia un vociferado anuncio “Se alquila”, abandonándome en un momento de incertidumbre del “que hago ahora”.

Entonces en uno de esos días del cual no comprometía a mi razón y solo seguía mi pasión pesimista del querer seguir existiendo, converse con una bella mujer –que la de cual dependo en cierta manera, y que me enamora su mirada-, y la cual no aceptó mi trabajar por las noches, como un apestoso freelance de conocimiento y experiencia –talvez si hubiese puesto mi cuerpo a venta igual seguía misio-.

Con tanto pesar y bazofia en mi cerebro, me dispuse a caminar por aquellas calles Miraflorinas a un centro de Lima cruzando de la Av. Arequipa a la Av. Petit Thuars y de un correr a Breña por aquel recuerdo de aquella mujer tan bella que conocí por primera vez al frente de un comercio celular –y de la cual escribí hace unos años atrás-, o de la vez que conlleve unos días bellos con mi exnovia en aquel motel dos estrellas que no estarán partidos nunca más.

Remontando todo ello llegue a la Av. Uruguay con cruce al Jr. Washington en el centro de Lima, donde las beatas con insolencia se precipitaban en paños intrigantes, de un dudoso decidir de varón a mujer; pero aquel no era el momento de preguntar del costo de una caja sexual –bastaba más talvez seria un brócoli, disculpándome por este desentender de emociones; pero son sólo porque soy maniaco depresivo-.

Entorpecido entre la razón y la sinrazón, entre a un hotel para mi descanso laboral, después de haber remojado mi cuerpo en un baño con fría agua, me dispuse a fumar en un tercer piso del no tan nombrado hotel, a lo cual conlleve a la angustia sideral de una fémina –genuina, ósea de verdad- colgante de un barandal enrejado y silbando a este su servidor. Pero yo talvez no sea un ser precoz con su real timidez, solo atiné a regocijar un gesto de aceptación y para luego ser descontado con unos pechos exhortados al vacío negro de la noche; del cual escape apresuradamente, pues aquella ventana era apreciada a la ninfomanía de una mujer vulnerada a la libertad.

Dos horas después entendí esa pradera nocturna de sabios pensadores, literatos imberbes, poetas caídos y ventanales reventados por pandilleros soñadores, y al salud de una acompañante furtiva, que se escapa de su verdadera sexualidad o de la libertad que nunca concibieron entender, que pude decir soy feliz aunque sea en el inframundo con un frío caviar.

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